
Esperando el bus a Ometepec
Cuando me pongo a pensar en lo que ha sido el mes de experiencia misionera en Rancho Viejo creo que puedo ser si cabe mas consciente de lo que el Señor nos ha regalado a cada uno de los 14 misioneros que el día uno de julio partíamos con las mochilas llenas de ilusión e incertidumbre hacia tierras mexicanas.

Llegada a Tlacoaxis (¡menudas curvas!)
Y la verdad es que el mes ha dado mucho de si. Desde el primer minuto en el aeropuerto hasta la tormenta de bienvenida que nos tenía preparada Madrid el día que regresamos. Ha sido un mes lleno de aventuras, de risas, de abrazos, de miradas, de dolor, de cansancio, de picaduras, de juegos, de agradecimientos, pero sobre todo ha sido un mes lleno de Dios.

En la camioneta... para que os hagais una idea en una de estas pueden ir hasta 30 y tantas personas y una lavadora... (vivido en primera persona)
Nuestro primer día de viaje se nos fue entre aeropuertos y aviones, buscando la manera de superar la diferencia horaria para no perdernos ni un segundo de lo que en México nos estaba esperando. Se nos notaba nerviosos, imaginando cómo sería todo y qué nos esperaba en Rancho. Deseábamos llegar a México y conocer a los mixtecos, de los que tanto nos habían hablado. Llegábamos listos para compartir lo mas valioso que llevábamos en nuestras mochilas, nuestra fe.

Nuestro primer desayuno mexicano... frijoles y huevo con té
Quizá por eso el que nos perdieran la maleta con el material escolar, mi linterna, mi saco, mi chubasquero… fue casi una anécdota del camino. Porque como pude comprobar mas tarde no era lo mas importante que llevábamos.

La camioneta de Joan por el camino a Rancho
Tras descansar la primera noche en la casa de los carmelitas, el padre César nos acompañó a la Villa donde nos esperaba la Virgen de Guadalupe, a la que encomendamos toda nuestra misión en Rancho. Después conocimos un poco el centro de México y fuimos recoger las maletas para ir a la estación del sur para coger

Casi llegando a Rancho... con el culete morado...
el bus que nos llevaría hasta Ometepec. Allí, después de atravesar durante la noche carreteras embalsadas nos esperaba Joan con una ruta que había alquilado para ir a recogernos. Eran las seis de la mañana y ahora si que estábamos nerviosos. La verdad es que nos habían contado… pero uno hasta que no está allí y lo ve, lo huele y lo vive…
La camioneta que nos esperaba era como de película, y allá que nos montamos todos con todos nuestros equipajes para recorrer el último y el peor tramos del camino hasta Rancho.
Como ya sabíamos, la primera parada fue en Tlacoaxistlahuaca, donde nos esperaba un almuerzo estupendo de huevo,

Cuando llegamos a Rancho después de 2horas y media de camino infernal...
tortillas y frijoles con chile que nos iba a acompañar durante todo el mes, que compartimos con el Padre Raúl, el sacerdote franciscano que junto con un diacono permanente se encargan de 24 comunidades en un radio hasta 40km…
Allí nos explicó cual iba a ser nuestra tarea durante el mes de Julio, y como suele pasar el hombre propone y Dios dispone. Nuestra idea de compartir esta experiencia los catorce juntos se rompió al conocer que para llegar al resto de los pueblos había que emplear tanto tiempo que era impensable ir y volver en el día y mas conociendo que hay lluvias todas las tardes y los caminos se vuelven intransitables.

Repartiendo los medicamentos
Así que nos dividimos en tres grupos para cumplir con el plan del Padre Raúl de visitar las comunidades durante 5 o 6 días y compartir con ellos nuestra fe, bautizar y casar.
Así que con ese nuevo plan que zarandeaba un poco nuestra idea de vivirla experiencia en comunidad, pero que acogimos con gran entusiasmo y alegría nos dirigimos a nuestra última parada, ya sólo quedaban 40km para llegar a Rancho… unas 2 horas y media de viaje…

Primera eucaristía en Rancho
Y cuando llegamos, he de reconocer que bajábamos del carro un poco asustados… Lo que veíamos era Rancho Viejo, llevábamos ya muchas horas de viaje desde que salimos de Madrid, y lo que veían nuestros ojos era tan diferente a lo que habíamos dejado atrás…
Muy mareados y con la mayoría de los órganos cambiados de sitio por los botes del camino, entramos en la casa-misión, nuestra casa durante los 30 días siguientes.
El cansancio del viaje, la noticia de que debíamos separarnos para llegar a mas sitios y la realidad que nos encontramos hizo que por un momento pensáramos… ¿qué hacemos aquí? Pero enseguida descansamos, comimos, colocamos nuestras cosas y celebramos la eucaristía. Y una vez mas en ese momento el Señor se puso entre nosotros y nos sentimos enviados en su nombre.
Al principio nos sentíamos como en la jaula de un zoo, sin atrevernos casi a salir y dirigirnos a ellos, como con miedo a lo que nos íbamos a encontrar,

i, ubí, uní... escondite inglés
cruzando miradas con la gente que pasaba y se quedaba mirándonos y observándonos.
Esto sólo era el principio de la misión. Y hay mas, pero eso se quedará para otro capítulo…

para compartir su experiencia de Dios con aquellos que aun no lo conocen. Impresionaba ver sus rostros llenos de alegría al llegar a esta tierra, a la que se han sentido fuertemente llamados a evangelizar. A pesar de casi 25 horas viaje, el cansancio había valido la pena. La Providencia lo había dispuesto todo para que el sueño se hiciera realidad… nunca pensé que presenciaría su llegada a mi Patria
querida.
de diciembre de 1531 y donde ahora se encuentra un Convento de Carmelitas Descalzas. Comimos con ellas y una vez más los misioneros dieron muestra de su plena disponibilidad y apertura en uno de sus primeros acercamientos con la comida mexicana… sí, sí, estoy diciendo que comieron chile sin rechistar, aunque para algunos fue todo un acto heroico, ¿o no, Merce?
Descalzos y de aquellos que han dejado de lado sus quehaceres, para que los misioneros tuvieran un sitio donde pasar la noche, pudieran trasladarse, desayunar “como Dios manda”, refrescarse después de una mañana llena de emociones… y a nuestros guías, un abrazo lleno de cariño.







